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La Sala

A veces miro a mi alrededor y no veo nada. Camino por una larga sala blanca llena de columnas de mármol del mismo tono aunque algo más desgastadas, como si sólo por ellas corriera el tiempo...
Observo las variaciones en cada ventana, los dibujos de las cristaleras en blanco y negro, observo como se mueven y me miran sus personajes internos...
Unos lloran, otros ríen alegres, otros simplemente observan impasibles...
Sigo mi camino por los largos y difuminados pasillos, no hay nadie, no se oyen ruidos...
Empiezo a sentirme más en calma de lo que había imaginado, más allá de cualquier profecía, más allá de cualquier documento que acreditase que en ese momento debería estar sumido en un caos absoluto dentro de mi extraña mente...
Camino, disfruto de cada paso, de vez en cuando miro atrás para recordar de dónde vengo y hacia dónde me dirijo. Mi paso es pausado, a ser posible me detengo en cada uno de ellos admirando la estancia.
Algo ha cambiado, entre las columnas veo una silla, una silla muy hermosa y de aspecto cómodo. Me acerco con curiosidad, es el único objeto táctil que he hallado en mi paseo. Doy una vuelta a su alrededor y me inclino para degustar con mis ojos los diferentes grabados.
Me siento...
Y en cuanto lo hago noto la incomodidad de cada una de sus runas. Me levanto deprisa. La observo un minuto más, recreándome en ese instante pero continúo mi paseo sin prestarle mayor importancia. Al poco del primer encuentro me topo con otra silla.
Ésta, es sencilla, sin grandes adornos, la más simple que se pueda imaginar y sin embargo esconde dos Dones, el Don de la Elegancia y el Respeto. Me acerco lentamente, con la experiencia anterior ya estoy más receloso. Y sin embargo hay algo en ella que me atrae de forma lenta, sutil, con el sigilo de una serpiente moviéndose entre mil guijarros...
No tiene nada, por mucho que la observe no existe grabado alguno en ella, por suerte... sigue siendo una silla.
Me siento...
-¡Oh!- Murmuro por lo bajo. Es la silla más cómoda en la que me he sentado jamás. Cierro los ojos y me dejo caer sobre ella, maravillado por lo reconfortante que es...
Los abro y desde ella observo la estancia, ahora me parece distinta, menos fría y lúgubre. Me siento cómodo, y tranquilo, pero no del todo seguro...
Sigo mi paseo, por más que intento ver más allá de los borrosos trazos de la sala, no veo más que columnas y vidrios en movimiento. Observo guerras y parejas haciendo el amor.
Me detengo, en un lateral hay un objeto...
Me acerco...
-¿Qué es?-. Pregunto al aire y el eco no me responde más que la última palabra. Lo miro con detenimiento, es un móvil. En el cual hay una serie de números y de remitente desconocido. Me planteo llamar mientras continúo mi paseo, tras varios largos pasos, decido llamar.
Suena... Y alguien lo coge.
Hablamos...
Hablamos...
Sonrío...
Reímos...
Hablamos...
De pronto, finaliza la llamada, tras una despedida calurosa y agradecida. Sigo mi paseo hasta que me doy cuenta de algo... -¿Cuánto he caminado?-. Me giro nervioso por primera vez en mucho tiempo.
Cavilo...
-He estado disfrutando tanto de la charla que me he olvidado de mirar atrás y ver de dónde vengo-.
Por más que lo pienso, no recuerdo lo que he caminado, no recuerdo lo que he visto... No he prestado atención a las pequeñas cosas... -Tengo que hacer algo-.
Pero cuando voy a volver atrás, el suelo ha desaparecido, un gran vacío de por medio entre mi pasado y yo. Me planteo saltar pero la otra orilla del desfiladero está demasiado alejada como para acertar por mucho que me esfuerce en el salto.
Cavilo...
Tras varias horas, no logro encontrar la manera de sortear ese bache del camino. Desisto.
Observo de nuevo a mi alrededor, decido quedarme con todos los detalles para no volver a caer en la misma trampa. Me fijo en todo lo existente y concluyo que he de seguir hacia delante ya que por mucho que me empeñe en volver atrás, ya es demasiado tarde.
Camino algo más lento pero con paso seguro y admirando todo a mi paso con nuevos y mejorados ojos. Veo por fin el final de la sala, una gran puerta dorada surge delante de mí, no la puedo abrir así que vuelvo a fijarme, no hay llaves ni cerrojo. Pero sí una nota pegada en ella.
Me acerco y leo...
"Por fin has llegado aquí, sin embargo no estás preparado para continuar tu vida con normalidad, antes, has de comprender por qué no has podido volver atrás..."
Arranco la nota de la puerta para darle la vuelta pero allí no hay nada más. Levanto la mirada y veo que continúa en la misma madera tallada.
"El pasado, es pasado. No puedes volver atrás para cambiarlo. Te hemos puesto a prueba, cuando te sentías solo, te aferrabas a lo poco que había y lo admirabas sin recelo. Viste la silla hermosa, su grandiosidad te enamoró, pero en el fondo no era buena.
Viste, la silla sencilla, sin adornos, simple y sincera, al sentarte disfrutaste de la gran calidad de su diseño y te sentiste descansado.
Encontraste el móvil, pudiste entablar por fin una relación más allá de tu mente, compartiste grandes cosas con alguien que no conocías, disfrutaste de su compañía, gozaste de su inteligencia y sentiste que no estabas solo ni vacío... Y sin embargo, no te paraste a mirar las pequeñas grandezas del camino, te cegaste ante un cambio que tarde o temprano finalizaría y aún así, sabiéndolo, no gozaste de las pequeñas experiencias enriquecedoras a tu paso.
Y finalmente, has hallado la sabiduría de sabidurías: -la vida es fijarse en lo que se tiene y no sólo en lo que se desea tener-.
Ahora... sí estás preparado... (Y la puerta se abrió).


Gabriel A. Rancel
Fragmento: La Sala
Libro: Las Diferencias.
Autor: Gabriel A. Rancel