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Hoy te vi...

Hoy te vi en mis sueños. Contemplé tu sonrisa y tus ojos brillantes, quizá por la emoción o simplemente de felicidad. Llevabas un vestido blanco y negro con una pequeña tonalidad de amarillo y azul claros. Tu cabello largo, algo ondulado y ondeando con la brisa al pasar corriendo a mi lado. Todo era a cámara lenta, el sonido de tu voz algo hueco y alejado, me miraste o eso quise creer en ese momento; mi corazón se aceleró por la descarga de ese simple segundo. Yo estaba allí pero era translúcido, nadie me podía ver o tocar. Pero sabía que me sentías...
El prado donde nos hallábamos se alzaba tan lleno de vida como tú, mientras reías corriendo entre mariposas que bailaban a tu alrededor, algún que otro pizón, al son de los ruiseñores que también revoloteaban cercanos y amigables como queriendo bailar contigo. Tu risa nítida pero alejada lograba rizarme la piel, tan clara tan alegre, que tuve miedo de despertar y dejar de oírla.
Tus carcajadas llenas de misterios insondables, eran mágicas y emanaban de ti como cantares. Todo lo que transmitías a tu alrededor se forjaba en belleza tangible, exótica, rosas de mil colores floreciendo y el agua recorriendo el arrollo parecían jugar contigo, con tus manos humedas por su culpa. Todos tus encantos floreciendo bajo la lluvia de pétalos de hojas de los árboles que danzaban en busca de rozar tu piel, porque tus encantos a los que te niegas ver, hacen de ti el deseo más puro.
Tus brazos al aire mostrando tu libertad, intenté imitarte sin parar. Esa libertad bien ganada que esconde mil secretos de poderoso poder, de extrema belleza y de excitante curiosidad. Un aliciente para mí el poder contemplarte una vez más desde la libertad de los sueños y por tanto, sin miedo a mirarte a los ojos. Sin miedo a verte y que me sientas, tal y como somos.
Cogí la margarita más hermosa que hallé a tu alrededor, la olí y con incesante temblor te la ofrecí a sabiendas que era imposible que me vieras. Sonreíste y con ello devolviste la luz y la vida a mi corazón, alargaste el brazo sin separar la vista de mí. La tomaste con suavidad entre tus dedos rozando los míos y construyéndome en color, por primera vez no me sentí ajeno a todo lo que estaba ocurriendo, me habías invitado a pasar a tu mundo... Mi corazón también entró dentro en el mismo instante en que tus labios rozaron gentiles mi mejilla. Dándome un cálido y pulcro beso lleno de ternura e ilusión. Seguías corriendo, saltando, riendo, sin detenerte para descansar...
Hoy te vi en mis sueños, y me llené de emociones.
Hoy te vi en mis sueños...
Gabriel A. Rancel
[Interpretación de los Sueños]