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¿Puedo llegar a gustarte realmente?

La pregunta que nos solemos hacer cuando alguien hace o dice algo que nos remueve el interior en el mejor sentido o nos mira de una forma especial. ¿Estamos preparados para ser amados? Nos han acostumbrado (al menos a la gente de mi generación), que es mejor dar que recibir. Y no, no me refiero sólo a los boxeadores.
En mi caso (porque es obvio que siempre voy a hablar desde mi propia experiencia), a mi edad me sigue costando creer que alguien pueda quererme tal y como soy. Con mis inseguridades, mis defectos y falta de cordura cuando amo con el corazón y los ojos abiertos. Existen esas personas especiales que se apoderan de nuestro corazón y de nuestra alma de la forma más hermosa. Esas que, cuando se van, parece que nos falta el aire, un camino que seguir, que nos han robado la vida. Son esas personas las que más miedo me dan, porque sólo tengo un corazón para perder...

No, no soy partidario de ser negativo cuando conozco a alguien, ni pienso en: esta persona me va a decepcionar tarde o temprano. Porque ¡ey! no sé si lo sabes, pero todos decepcionamos a alguien alguna vez. ¡Noticia! Somos seres humanos, con virtudes y defectos, y lo que es bueno para unos, para otros es una ofensa. He descubierto que cuanto más aprecias y permites que una persona llegue al fondo de tu alma, de esa forma tan bonita que es al amar, más probabilidades tienes de acabar destruido. ¿Lo bueno? Que no es para siempre. Como dice ese proverbio tan famoso que todos conocemos ya de sobra "nada es para siempre."
Existen personas que podrán llegar a quererme tal y como soy, con mis temores, con mis defectos y virtudes por igual. Que me conocerán tan bien que no tendré secretos para ellas, eso me otorgará libertad y verdad, ¿que es posible que también me destruyan? Sí, pero habrá valido la pena todo lo anterior a eso. Y es que, así es la vida. Los que son como yo, no damos para recibir; damos porque nos es imposible no amar.

Puede que tenga mucho que perder con esta forma de vivir.
No obstante, me resulta realmente gratificante.

Cuanto más intentemos comprender los resquicios del corazón, menos lo entenderemos.
La vida es así. Es la mayor simpleza del mundo.
¿Puedo llegar a gustarte por ser así? Puede, ¿quién sabe? Al final lo que está escrito será.
No soy perfecto, sólo soy una persona más en el mundo. Me aterran cosas distintas a ti, aunque, al final, todo está conectado. ¿Puedo gustarte? ¿Puedes amarme? No me importa si es como yo a ti o no, lo que importa aquí en realidad es la fortaleza de tu corazón y tu inquebrantable pasión por mí. No lo dudes, yo siempre voy a estar aquí, aunque tardes un siglo en llegar a mí. Mi fuerza es sostenible, me sustento de mi propio corazón y de mi alma. En cuanto llegues a mí, seré afortunado de contar con un punto de apoyo que me respeta y me merece. ¿Mientras? La vida es corta como para llorarnos el uno al otro.
¿Podrás amarme por ser simple? ¿Por ser afable, cariñoso, fiel, dulce e inteligente? ¿Podrás amarme cuando soy compasivo, afectivo, romántico, tierno y confiado? ¿Podrás amarme cuando necesito espacio, cuando necesito la soledad, cuando mi silencio se convierte en un impedimento para continuar? Yo puedo ser todo eso y mucho más, la cuestión es: ¿podrás aceptar el reto de amarme? No es necesario que lo digas ahora mismo, tenemos tiempo. Mientras, tomemos un té sentados en el porche de la vida.

El mejor consejo que puedo darnos ahora mismo es:

Vivamos cada día como si no existiera mañana.

Grandes las palabras, que en la mayoría de los casos permite que podamos expresarnos como deseamos.

Gabriel A. R.  [Clandestino]
@ElArteEsTuyo - Twitter





Historias reales.

Estaba sentado en la recepción de la peluquería donde hago las prácticas, cuando ocurrió lo más bonito que he podido contemplar en mucho tiempo. En cuanto me recuperé de las emociones dije: "esto tiene que conocerlo el mundo." y ahora lo compartiré con todo el que quiera dedicarme unos minutos.

Como ya dije, estaba sentado en la recepción, cuando un hombre muy mayor, de unos ochenta y tantos largos, entró en la peluquería y se me quedó mirando con una sonrisa tímida mientras me preguntaba por su chica.

-Joven, ¿sabe si ha salido ya mi chica?

Yo lo primero que pensé fue: ¿su chica? Será alguna nieta o hija... Miré dentro y no había ninguna joven. Entonces me giré y le dije:

-Venga conmigo, acompáñeme si lo desea, y así usted mismo comprueba si está o no dentro.

El hombre me lo agradeció y le acompañé desde el vestíbulo hasta la sala de la peluquería donde estaban las estilistas con sus clientes. El hombre se paró y la señaló de lejos:

-¡Ahí está! ¡Esa es mi chica! -me dijo muy sonriente y orgulloso.

Yo miré en la dirección que marcaba y vi a una señora igual de mayor, a la que estaban atendiendo. Sorprendido, volví a mirar al hombre y no pude evitar enamorarme de la situación. ¿Cómo no voy a enamorarme de esto? Si son las palabras más bonitas que he oído decir nunca. Además, las compañeras me aclararon que esa pareja siempre pasa por allí y que siempre han sido de la misma manera. Si hubieran visto la cara de aquel hombre, su mirada, su sonrisa... la calma que transmitía al hablar de su compañera. De verdad, de verdad lo digo, no existe nada igual. Y la señora, un cielo, miró de reojo a su marido y sonrió desde el otro lado de la sala. Cuando me acerqué a decirle que su marido la estaba esperando fuera me dijo:

-¡Ay! Lleva toda la vida esperando, si no es por una cosa es por la otra; me quiere y me esperará siempre.

Una vez más, existen momentos y situaciones que avalan mi creencia sobre el Amor. El Amor puede ser para toda la vida, a cualquier edad y sorprenderte siempre cuando menos te lo esperas. Una pareja tan mayor, un señor tan anciano, que llame a su mujer "mi chica" no tiene precio. No lo tiene, y es muy hermoso.
Yo también quiero envejecer así. Pasar mi vida al lado de la mujer que amo y verla siempre, toda la vida, como "mi chica." Yo también la esperaría siempre, yo también la amaría el resto de mi vida.

Nuevo libro. Gabriel A. Rancel

Estaban a solas, sentados en el sofá, y a cada minuto que pasaba, se daba cuenta que él nunca se atrevería a confesarle su amor. Pensó en cómo podía hacerle ver que ella deseaba que lo hiciera.

¿Jugamos a imaginar situaciones? -Se aventuró por fin.

¿Y eso cómo va? -Preguntó.

Tenemos que describir un momento en el tiempo e imaginar qué haríamos si estuviésemos en él.

Él lo pensó con detenimiento y le pareció divertido.

Vale, venga.

Ella se giró para colocarse frente a él y sujetó sus rodillas con los brazos, apoyando el rostro entre ellos. Con voz muy suave y los ojos muy abiertos y brillantes le dijo:

Imagina que es nuestra última noche en el Titanic...

Se miraron a los ojos. Durante un segundo, en el que ambos contuvieron la respiración, él sonrió y supo qué era lo que quería. Incluso antes de que ella abriera la boca para darle más detalles, él la besó. Un beso que duró un segundo, que es lo que tarda en morir una vida, en nacer o renacer. Ella sintió el infinito debajo de su piel, él supo que ella sería la última chica a la que besaría y a la única a la que besar el resto de su vida.

Gabriel A. R.
[Libro: Clandestino.]