.

.

Yo nací

Yo nací en una época más altruista e imaginativa que la actual; donde los juegos se inventaban a medida que era necesario pasar de nivel y sus diversos mundos jamás se agotaban. Tampoco se pagaba patentes por ellos, ni uno tenía que preocuparse por no tener dinero suficiente para mantener el ritmo del juego. No llevaba cables, ni sensores, ni ningún otro aparato tecnológico.

Viví en una época en la que los amigos se llamaban por sus motes y todo el mundo los conocía por ellos. Muy rara vez reconocías a alguien por su nombre real (era lo más cercano a tener seudónimos o nicks en Internet.). Ni siquiera eran despectivos o desagradables. Siempre resultaban graciosos, originales y respetuosos.

Los amigos no se comunicaban por mensajes de texto diseñados de forma estratégica para que nadie sepa realmente qué diablos han puesto en ellos. La amistad es verdad que no podía ser en la distancia (salvo correspondencia por cartas), pero los amigos eran más cercanos y auténticos porque eran vecinos, primos, hermanos, y nos conocíamos desde que nacimos. Nadie tenía secretos y nadie pasaba desapercibido ni se ponían carteles de No disponible para no hablar con nadie cuando no les interesaba. Quisieran o no algo de ti, siempre estaban dispuestos a charlar y a reunirse para hacer alguna trastada. Te echaban una mano sin pedir nada a cambio.

En mi época no existían móviles (obviamente), ni televisiones de pantalla plana. Teníamos un walkie-talkie especial que era dar un becerrido (grito) desde la plaza a los que pasaban por la calle general. A veces, les llegaba la señal y otras no. Siempre con un silbo al final de la calle bastaba para saber que eran ellos y que te reclamaban.

Los aviones y helicópteros eran maquetas de papel, lo más cercano a la realidad que teníamos. A veces, con mucha suerte, sobrevolaba alguno por la zona y nos dedicábamos a saludar con la mano y a pedir un deseo. -Existía la leyenda urbana de que se cumplirían si lo pedías de corazón.- La mayoría de los que recuerdo, decían que siempre pedían lo mismo. "Quiero tener un hermanito." Y recuerdo perfectamente las caras de esos padres, que se miraban entre ellos desconcertados y cambiaban de tema.

Al no tener Internet, ni redes sociales, ni libros electrónicos, etc. Nuestra biblioteca era el centro de ocio más utilizado. ¡Allí sí que te enterabas de historias interesantes! Muchos de nosotros llegamos a tener bipolaridad por culpa de los libros (era un pirata y de repente un superhéroe, un oso parlante, un lobo feroz,... y, a veces, hasta varios a la vez). No tenías que pagar para comprar sabiduría, los libros eran gratuitos y los compartíamos. Cada día lo tenía alguien diferente y siempre estaba en perfectas condiciones. Nadie los rayaba, ni les arrancaban hojas ni las doblaban, como mucho te veías un corazón que ponía Loli quiere a Pepe en una esquina bien disimulada.

¡Ay! ¡Las declaraciones de amor! Eran de lo más originales. Uno se plantaba delante de la chica (o el chico) que le gustaba y, con todo el valor que su corazón le permitía, recitaba una poesía llena de sentimientos auténticos. No se copiaban de Google o lo sacaban de películas famosas y taquilleras. Eran auténticas frases espontáneas, claras y casi siempre concisas. La gente no se enamoraba de un famoso al que sólo conocían por fotografías o por lo que los medios decían que era. Ni insultaban a los demás por no amar a sus ídolos o compartir sus gustos. La gente se enamoraba a través del conocimiento, de la convivencia, de las experiencias conjuntas y, sobre todo, SE RESPETABAN.

Los mensajes de los enamorados, de los que estaban a punto de comprometerse o se iban a casar, siempre acababan escritos en los bancos de madera con tinta de bolígrafos corrientes, para que el tiempo y el agua desgastara la tinta y otros pudieran escribir después. A veces, escribían en pequeños papeles (a menudo servilletas de los bares), los sueños, metas y deseos que querrían que se hicieran realidad en el futuro que les esperaba juntos y los escondían en las rendijas de los árboles. -Hoy en día miro atrás, y pienso que era un gesto muy hermoso, porque era como dejar en el árbol un trozo de nuestra alma y además, la del papel que en su época fue también un árbol.)

Una parte muy importante de la época en la que yo nací, es que la palabra de un hombre (o mujer) se cumplía siempre. Ya fuera conveniente o no para el que la hizo. Era cuestión de honor y el honor era importante. Nadie se escaqueaba, ni miraban hacia otro lado. No mentían diciendo que harían algo y luego ya no volvías a saber de ellos. No te juraban amistad eterna porque no hacía falta. La amistad lo era por sí sola. La fidelidad era otro de los valores más importantes. Fidelidad hacia las amistades, el amor, el trabajo, el empeño, a ser uno mismo.

¿Lo que más me gustaba de mi época? La sencillez de la gente. Que nadie se ocultaba tras máscaras ni fachadas. Nadie señalaba con el dedo al que era distinto, nadie hablaba mal de nadie porque sabían que se enterarían y su honor estaba en juego, nadie te juzgaba por la ropa que llevabas porque todos éramos trabajadores del campo o pescadores. No se difamaba a la gente, porque todos estábamos en el mismo bando. No se insultaba a los adultos, ni a los jóvenes. Las peleas nunca llegaban a las manos de nadie más que de los implicados. No existía bullying y los malos tratos se castigaban de verdad. Los consejos de los ancianos eran sellos auténticos de fortaleza, supervivencia y sabiduría. Los padres eran la máxima autoridad y los primeros maestros. Después de ellos, continuaban los que se dedicaban a la enseñanza, la autoridad y, por supuesto, los líderes.

Esa era mi época. Una época especial y única que no volverá a repetirse.

Gabriel A. R. -Yo nací.-

La Próxima Vez de Marc Levy.

¡Hola de nuevo! Hace mucho que no escribo en este apartado de la web. ¡Mil perdones! He tenido unos meses bastante liados con mis novelas.

Hoy les quiero presentar una obra literaria que no tiene desperdicio alguno:

La Próxima Vez  del escritor Marc Levy


No he podido resistirme ante el siguiente párrafo que expongo. No sólo porque me parece magnífico, sino que ha sido capaz de transmitirme esa electricidad característica que busco en la literatura. Esa conexión a través del tiempo y del amor, a través de las palabras y su autor.



Resumen:
Cuando Jonathan, experto en pintura, conoce a Clara, propietaria de una galería, surge entre ellos un sentimiento vertiginoso, que parece haber franqueado las barreras del tiempo para ofrecerles la última oportunidad de ser felices.
Unidos por algo más que su desmedida pasión por el arte, espoleados por un destino cuya magnitud se les escapa, seguirán el rastro de un pintor ruso por diferentes ciudades de Europa, sin saber a ciencia cierta qué oscuras verdades pueden llegar a descubrir.

Mi valoración personal:
Creo de verdad que tanto los distintos paisajes descritos como los diálogos son realmente fantásticos. Gozan de una gran calidad y hacen sentir cercanía absoluta. Este libro no tiene desperdicio ninguno. Las tramas están muy bien distribuidas, los personajes y sus personalidades son fácilmente reconocibles, describe a la perfección las opiniones sobre diversos temas y crea un vínculo casi espiritual entre los personajes y los lectores.

Gabriel A. R.

¿Hola? ¿Te conoces?

¿Sabes esa sensación cuando una mañana te despiertas y te das cuenta de que nada de lo que pensabas era real? ¿Qué nada de lo que pensabas que era sinceridad lo era? ¿Qué descubres que tu vida era una inmensa colección de máscaras una sobre otra?

Bien, digamos que me ha pasado eso. Sólo supongamos que es así. Si te hubiera ocurrido a ti, ¿qué pensarías? Por ejemplo, imagina que llevas años siendo de una forma concreta, que has pensado, has variado, has opinado, has invertido pensamientos, etc. creyendo que eras tú mismo. Sabiendo con seguridad que te conocías, que dentro de este mundo de locura, tú, al menos, te conocías perfectamente. Y de repente, un día, por una frase que alguien dijo o un comentario que hizo (tal vez sin darse cuenta) tu mente empieza a trabajar y empieza a desvelar partes de ti que ni sabías que tenías.

Un ejemplo más claro, imagina que tienes una personalidad que crees que es maravillosa, que es la correcta, que es la que mejor te define. ¡Ojo al dato! Hasta ahora no he dicho que seas tú mismo, sino que eres esa persona que crees ser. Bien, ahora imagina que van pasando los años, y esa forma de ser que siempre has querido tener, se va adhiriendo a ti muy lentamente. Hasta que llega el punto en el que ya no sabes si eres tú o es esa máscara la que domina tu vida. ¡No te has dado cuenta! Pero te ha invadido y te posee como un amante en las sombras. Te maneja a su antojo, te controla, te manipula. Te exige sin darte cuenta las cosas que debes hacer, que son necesarias que hagas porque ésa es tu forma de ser. ¡No debes salirte de las pautas marcadas o habrá terribles consecuencias! ¿Cómo qué? Como personas que dejen de apreciarte, que te señalen con el dedo y digan "has cambiado" y no te lo dicen como algo positivo, sino como algo muy malo. Empieza a haber mucha negatividad a tu alrededor porque nada sale como quieres, te frustras, te cabreas con el mundo, te preguntas "¿por qué a mí?" y sigues acumulando máscaras para tapar los fallos cometidos, los hundes bajo las aguas de la realidad bajo mucho peso. El peso de las consecuencias, de las malas decisiones, de los horrores que conlleva revelarse contra la personalidad que te has creado.

¿Suena agobiante verdad? Y ahora piensas seguramente, "menos mal que no me ha pasado a mí". ¿A que sí? Pues siento decirte esto, pero es posible que sí te esté pasando a ti, otra cosa es que no te hayas dado cuenta de ello. Porque es lo que tenemos los seres humanos, que nos vamos acomodando a unas pautas, a unos patrones sociales, a los miedos, a las dudas, a no poner parar de pensar lo que la gente puede estar opinando de nosotros en estos momentos. Todo eso, querido amigo, todo eso, es de lo que te he estado hablando en la lectura. Nadie se salva de estar con los ojos vendados. ¿Tu suerte? Que aún estás a tiempo de quitarte la venda y plantar cara a la situación.
¿Cómo? Yo no puedo decirte cómo. Vas a tener que buscar dentro de ti, conocerte de verdad. Será algo agotador, será brutalmente complicado. Pero, en cuanto te hayas desecho de todas las máscaras, la vida te sonreirá como nunca antes lo hizo. Y será entonces, y sólo entonces, cuando apreciarás que no existe mayor libertad que ser uno mismo y poder decidir, sin el peso de la conciencia de los demás, como punto de mira en tu vida.

Libro: [Noches de Insomnio - Gabriel A. R.]


El anciano profesor.

-Microcuentos. Gabriel A. R.-
Un anciano profesor, se sentaba agotado cada mañana en la misma piedra. Desde allí observaba el pueblo, el río a lo lejos, las verdes montañas y paisajes inigualables. Una mañana, una voz furiosa interrumpió su descanso, sobresaltándolo.

-¡Apártate que no veo, viejo! -Le gritó un joven, de muy mala manera.
-¿Qué es lo que no ves? -Preguntó extrañado y sin sentirse ofendido.
-Lo que hay detrás de ti. Los mayores siempre molestando... -Rumió muy enojado.
El anciano sonrió condescendiente y se mantuvo afable.
-Detrás de mí no hay, nada más y nada menos, que mi pasado y mi futuro, joven. No creo que sea de tu interés. Si lo que quieres es mirar hacia tu futuro, sólo has de girarte en cualquier otra dirección, cualquiera en la que mi cuerpo añejo y hastiado por el tiempo no sea una molestia para ti.
-¿Qué dice? ¿Está chiflado o qué? ¡Debería saber que no es lo mismo mirar en otra dirección! ¡Ninguna otra muestra lo mismo que deseo ver! -Dijo altanero jactándose de gran conocedor.
El anciano suspiró.
-Haremos una cosa, tú respondes un par de preguntas a este anciano impertinente, y yo me quitaré.
-Vale, vale, pregunte de una vez. -Le metió prisa el joven, airado por acabar con rapidez.
El anciano se tomó su tiempo para la primera pregunta, crispando al muchacho.
-Dime, joven, ¿acaso el futuro se presenta siempre como quieres o pretendes?
El chico se quedó pensativo un momento, con el ceño fruncido.
-No. Nunca.
-¿Alguna vez has caminado por algún sendero que te mostrara toda su belleza desde el inicio hasta el final?
-Sólo si lo ando entero puedo contemplar su belleza. -Dijo impaciente, sin saber a dónde quería ir a parar.
-Por lo tanto, si mirases en otra dirección, cualquiera (exceptuando en la que estoy), ¿podría mostrarte un futuro interesante?
-Supongo; pero, como ha dicho, no es el futuro que busco o pretendo conseguir.
-Y, aún así, te dará conocimiento y verdad, ¿cierto?
-Pero, sigue sin ser lo que yo quiero, anciano. -Bufó contrariado.
-¿Debo entender que te gustaría que todo saliera como deseas, entonces?
-Por supuesto, eso sería lo ideal. ¿Quién no quiere salirse con la suya alguna vez?
El anciano asintió dándole la razón.
-Y, una última pregunta: de todas las situaciones que has vivido, ¿alguna vez te ha llegado alguien más joven, te ha insultado diciéndote que molestas, que interrumpes su futuro, porque no le das lo que exige sin modales ni respeto de ningún tipo?
El muchacho le miró avergonzado.
-No, señor...
El anciano mostró una sonrisa amplia.
-Te diré una cosa, joven. Es posible que yo haya vivido tanto, que ya no me preocupe en qué dirección miro. Sin embargo, sólo por llamarme "señor" en vez de viejo y sólo por haber pasado de airado a calmado, me quitaré de aquí para que puedas ver tu futuro. Con esto, cumplo mi promesa inicial. Es lo justo, ¿verdad?
-Sí, supongo que lo es. -Observó que el hombre intentaba levantarse y no podía. Caminó hacia él para ayudarle.- ¿Por qué lo hace, señor? ¿Por qué cumple su promesa después de haberle tratado tan mal?
-Pues, porque sé de sobra que algún día estarás en mi pellejo, y vendrá un joven hasta ti para que le enseñes la misma lección que yo a ti hoy.
-¿Qué lección? ¿Ser educado y respetuoso con los mayores?
-No. Ser educado y respetuoso no te lo enseñaré yo, debes decidir ser así tú mismo. -Extendió el brazo en la dirección que el joven quería mirar.- ¿Qué ves?
El muchacho se dio cuenta de que, al moverse para ayudarle, podía ver perfectamente el paisaje. Se sintió más avergonzado por su comportamiento, y antes de responder le pidió disculpas.
-Lo lamento mucho, señor.
-¡No te preocupes por eso! Observa la dirección que tantas ganas tenías de tomar como futuro. -Insistió restándole importancia al resto.
El chico volvió a mirar, centrado en el punto que deseaba.
-Veo una montaña con puntos blancos, señor.
-Esa "montaña con puntos blancos", como la llamas, es el cementerio. Ése es el futuro de todos nosotros, joven. Sea pues, te aconsejo que observes en otra dirección, ya que, cualquier otra, te hará mucho bien y te sentirás pleno durante muchos años. Puede que no la eligieras, que no sea de tu total agrado, pero estoy convencido de que será mucho más interesante que la que tanto querías lograr ver. ¿Estoy en lo cierto?
El muchacho, asombrado por la maestría del anciano, le preguntó:
-¿Puedo conocer su nombre?
-Me llamo Destino.