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Visto con Perspectiva

¡Bienvenidos de nuevo al blog! Hoy vamos a hablar de cómo vemos los problemas y de cómo deberían verse para ser solucionados de la forma correcta. Para ello, voy a utilizar unas imágenes que quiero que observes y que digas (o pienses) lo que crees que son nada más verlas. ¿Preparad@?




Bueno, seguro que se te han venido a la mente muchas cosas, ¿verdad? Ha sido tan fácil y rápido, que apenas has tenido que pensarlas con detenimiento. Si es que es lo que tenemos, que una imagen nos hace reaccionar con rapidez. En un chasquido de dedos, tenemos la respuesta correcta. ¡Qué sencilla es la vida!

Ahora hablemos de la perspectiva. Del cómo lo ves tú y cómo lo ven los demás. Este tema es interesantísimo (a mí me lo parece) y, además, muy extenso. Tranquil@, yo me voy a centrar a una mínima parte. Quiero que mires con atención la siguiente imagen:


Se puede decir que, con sólo un error visual que produce nuestro cerebro, parece que ambos tienen razón. ¿La tienen? Pues sí. Todo es cuestión de perspectiva. ¿Me permites entrar en tu mente? Genial. Quiero que visualices la siguiente imagen: imagina un puente. Lo ves desde un punto en el que tiene tres pilares que lo sostienen. Lo estás viendo perfectamente, ¿verdad? Bien.

Ahora vamos a caminar hacia él, pero no de frente, sino hacia un lado en diagonal hasta donde empieza el puente. Mientras vas caminando puedes fijarte en sus tres pilares. ¿A que parece que se van juntando poco a poco a medida que avanzas?
¡Estupendo! Hemos caminado tanto, que nos encontramos en la entrada del puente. Como has ido viendo, los pilares se han ido uniendo y ahora forman uno solo. Desde donde estás, puedes afirmar que el puente sólo tiene un pilar, ¿a que sí? Sin embargo, un desconocido se ha colocado en nuestro punto inicial y, obviamente, él ve que el puente tiene tres pilares.
En ese momento, al desconocido le surge una duda y le da por gritarte desde lejos. —¡Eh! ¿Cuántos pilares tiene el puente?—. Y tú observas el puente con cautela. Sabes (porque has estado en su lugar) que el puente tiene tres pilares, sin embargo, ahora sólo ves uno desde tu posición y gritas: —¡Uno!—.
El extraño se echa a reír y te responde con altanería: —¡Está usted equivocado! ¡Son tres!— y vuelve a reírse. Tú, que te enfada que el hombre te diga algo que ya sabes, pero que en ese momento no es real, insistes: —¡Desde aquí tiene uno!—.
El desconocido decide ir hasta tu punto para comprobar la veracidad de tu insistencia. Cuando ambos estáis en el mismo sitio, el hombre reconoce que decías la verdad; sin embargo, él también insiste en que debes ver el puente desde su punto de vista. Tú le explicas que ya lo habías visto, que sabes que el puente tiene tres pilares. Eso enfada al hombre. —¿Si sabía que tenía tres por qué no me lo dijo desde el principio?—. Tú sonríes y dices: —Porque no es fácil creer lo que no vemos con nuestros propios ojos—.

A todo esto, se acerca un tercer hombre que había permanecido escondido bajo el puente y que había sido testigo de la discusión. Se viene riendo burlón e interrumpe la charla. Os señala y os dice: —Ambos estáis equivocados. El puente no tiene ni un pilar ni tres, tiene seis. Si bajáis a la base del mismo, allí abajo -señaló la profundidad- donde todo empezó, veréis que hay seis—.

Esto es la perspectiva, amig@. Todo depende de desde dónde veas las cosas, de cómo las mires, de lo que te dediques a conocer todos los puntos de vista y de lo cerca o lejos que estés del dilema. Bien, ahora quiero que te fijes en las imágenes de abajo. Ahora, vemos los objetos a una distancia ideal para analizar su realidad. ¿Eran las imágenes que en un principio creíste que eran?





¿Te sorprende? Imagino que sí. Lo mismo nos pasa con los problemas que nos asedian constantemente. Estamos tan cerca de ellos, que no somos capaces de ver la realidad. Por eso te he puesto este pequeño ejercicio visual. Muchas veces tendemos a intentar solventar dilemas que ni siquiera vemos por completo. Sólo observamos una pequeña parte y nos aferramos a ella. La juzgamos, tomamos medidas y decisiones que igual nos resultarían menos difíciles si conociéramos en profundidad el tema.

Decisiones de las que muy a menudo acabamos arrepentidos por completo o en gran parte. Y, ¿todo por qué? Porque somos impulsivos y, hay que reconocerlo, bastante vagos. Sí, vagos; porque sabemos que tenemos la opción de ver el problema desde fuera; pero, como nos cuesta una barbaridad o nos da miedo lo que vamos a encontrarnos, nos decimos a nosotros mismos lo cansados que estamos con el tema, pasamos por alto que no tenemos todas las perspectivas y elegimos un poco al azar. ¡A lo que los dioses quieran! Y eso se debe acabar.

¿Cuesta? Sí. Sin embargo, tenemos que ser conscientes de a qué nos enfrentamos. Verlo desde todos los puntos de vista posibles antes de tomar decisiones. Sólo así, el arrepentimiento será mínimo (sabemos todos que, aunque algo nos duela, somos masoquistas y las echamos de menos) En eso no te puedo ayudar por más que quiera...

Espero recuerdes el ejercicio, que te haya gustado y que te ayude. Una vez más, muchísimas gracias por dedicarme un rato de tu tiempo. Pasa buena semana.

                                           Un abrazo,

Gabriel A. R.


Textos: Gabriel A. R.

Sanación Reconectiva

¡Bienvenidos una vez más! Como algunas personas ya saben, normalmente hablo de temas que conozco desde hace bastante tiempo, de momentos de mi pasado, de experiencias vividas, de pensamientos sustanciales, etc. Sin embargo, hoy hablaré de un tema muy especial para mí, tanto, como auténtico. Es una experiencia directa, actual y sincera, que estoy experimentando ahora, en este preciso momento.

Ayer día 8 de diciembre de 2013, acudí a una charla sobre la Sanación Reconectiva recomendada por un amigo al que acompañé. Debo admitir de entrada, que si decidí ir fue porque siempre me ha llamado la atención el poder de la mente humana para sanarse a sí misma. Es algo que me fascina. Además, como estoy escribiendo una novela basada en temas similares, sobre la fortaleza de la mente para recordar, mejorar, reestablecerse y demás, vi la oportunidad perfecta para obtener más datos.

La charla fue impartida por el sanador Pablo Moreno, un instructor titulado por el Dr. Eric Pearl. Mi primera impresión al llegar al local donde se iba a impartir fue trascendental para las horas posteriores. Al principio sentía nerviosismo, ya que, era un lugar extraño en el que nunca había estado y soy sensible a los cambios. No me sentía cómodo, ni receptivo. No obstante, debo decir que, contrariamente, el sitio rezumaba una paz inmensa pese a mi inquietud.

Durante la charla, oí hablar a Pablo Moreno de datos y testimonios científicos sobre la sanación reconectiva, los beneficios que aportaba, lo increíble que era. Dentro de mi cinismo, es decir, en mi mente, no paraba de pensar ¿qué hago aquí? Miraba como llameaba una enorme vela aromática, que estaba colocada sobre una mesa, sin dejar de cuestionarme los motivos que me habían llevado a estar allí. Curiosamente, mi mente me respondía "debes estar aquí, confía; se paciente".
Atendiendo a este conflicto interno, a medida que Pablo Moreno hablaba, empecé a experimentar ese deseo que me impulsa a escribir de forma compulsiva, aún sin saber muy bien qué voy a transcribir (algo que debo decir que no me pasa mucho últimamente por culpa del estrés). Aquel hombre transmitía una serenidad fuera de lo habitual. Sus palabras estaban repletas de pasión por su trabajo, de entrega, de confianza en lo que creía y hacía. Lo admito, me causó una impresión inmensa oírle, a pesar de que estuve un par de veces a punto de preguntarle qué se había fumado antes de empezar (lo siento Pablo, tenía que confesarlo).
No fueron los datos científicos ni la cantidad de casos de personas curadas lo que me impactó, sino sus anécdotas personales. El cómo un ser humano puede llegar a sentirse pleno con pequeños detalles, detalles insignificantes, sin llegar a recrearse de forma permanente en ellos; sin llegar a darles mayor importancia que la que tienen y, aún así, disfrutarlas tantísimo. Su naturalidad fue la que me envolvió. La que me hizo olvidar mis preguntas y centrarme en lo que transmitía.

Luego, una vez finalizada la charla, Pablo Moreno pasó a hacer las demostraciones de este tipo de sanación. No sé qué motivo le impulsó a escogerme a mí para hacer la primera demostración; yo, aún dentro de mi escepticismo, me incorporé de la silla y seguí sus instrucciones algo nervioso y confuso. No tenía referencias de qué iba a hacer conmigo o qué iba a suceder —Debo aclarar que la sanación reconectiva es, por decirlo de una forma sencilla, la transmisión, renovación y modificación de energías del cuerpo—. Pablo Moreno colocó sus manos sobre mis brazos y la experiencia comenzó a fluir (literalmente). Debo mencionar también, que mi poca fe en esto, me hizo reprocharme el sentir lo que sentí, achacándolo a mi imaginativa mente, ya desprovista de armas para poder controlarla. Me enfadé conmigo mismo por notar el flujo de energía revitalizándome. Sí, me enfadé, y mucho, por dejarme influir por aquello.
Cuando acabó conmigo, y pese a comprobar de inmediato los cambios favorables (porque fue cuestión de minutos), además de los diferentes estados de ánimo que presentaba, tanto yo como el resto de participantes, sentía dentro de mí que aquello apenas había funcionado, que no había hecho en mí lo que los demás decían con certeza que sentían, y pensé "el universo no ha querido que funcione conmigo esta vez" Pensé "esta vez" porque, sin saberlo, yo mismo he hecho este tipo de autosanación en otras ocasiones (lo sé, ¿si no crees en ello cómo es que te lo hacías tú mismo? Muy sencillo; tengo la certeza de que estoy más loco que cualquiera de ustedes y, pese a mi falta de creencia, tiendo a llevar a cabo todo aquello que pueda aportar una mejoría en mi vida personal. Es el pensamiento de... por probar no pasa nada).
La cuestión aquí, es que me fui para casa con la sensación de no haber conseguido nada, salvo datos para mi novela; algo que no está nada mal, pero tampoco me sentí realizado o satisfecho, no sé si me explico.

Lo maravilloso e impresionante —que es por la razón por la que escribo esto hoy—, fue al despertarme esta mañana. ¡Sí! ¡¡Esta mañana!! Llevo más de tres años despertándome a las doce y media del mediodía con tirantez, pesadez, decaimiento, entre otros muchos males que me piden a gritos que me vuelva a dormir hasta el mes siguiente. Sin embargo, lo que ocurrió fue todo lo contrario. A las siete de la mañana experimenté... bueno, mejor les copio el e-mail que le he enviado a Pablo esta misma mañana:


Buenos días, Pablo. Mi nombre es Gabriel, soy uno de los chicos que asistió ayer a su charla sobre la Sanación Reconectiva. Le escribo para contarle los cambios que estoy sintiendo, como le prometí. Sin embargo, antes, debo admitir que ayer fui bastante escéptico. Cuando practicó la sanación conmigo sentí sensaciones que achaqué a mi imaginación, como lo fue el frío, el cosquilleo y el flujo de energía. Aún viendo y oyendo las experiencias de los demás, seguía siendo bastante cínico. No notaba en mí esos cambios tan radicales que habían experimentado otros participantes, y pese a que dijo que no había que crearse expectativas, lo hice de forma inconsciente.

Sin embargo, ocurrió algo maravilloso que me ha hecho redimirme de mi cinismo por completo. Esta mañana me desperté con una tremenda presión en la cabeza, como si alguien estuviera estrujándome con una prensadora (suena desagradable, y en parte lo es; pero, al mismo tiempo mi cerebro rebobinó todo lo ocurrido ayer en la charla de una forma detallada y rápida). ¡Procesaba información con una velocidad pasmosa! Era como si mi mente hubiera desfragmentado toda la información que tenía y que me saturaba, y liberado muchísimo espacio para poder almacenar más datos, reordenar los que ya tenía y acceder a ellos con facilidad; y eso es algo impensable en mí. Hacía AÑOS que no sentía mi mente tan ligera, tan despierta, tan receptiva y detallista; tanto en pensamiento como en velocidad.
Hasta ayer mismo, se podría decir que mi mente era pesada, desprovista de armas para procesar información y, lo que era más desagradable, el no retenerla más de un par de minutos (por culpa de esto he sufrido muchos problemas en mi vida personal y laboral). Y ahora, así de repente, siento como si mi cerebro estuviera listo para empezar de nuevo a trabajar a toda máquina, y eso no sólo es impresionante, sino ¡una auténtica maravilla!
Asimismo, no es el único cambio apreciable en todo esto. Nada más abrir los ojos (y a medida que la presión en mi cabeza disminuía) empecé a percibir emociones que, prácticamente, no sentía desde hacía muchísimo tiempo. He pasado de un estado de moral baja y resentida, a una positividad casi incontrolable. Me siento vivo, con ganas de trabajar, de esforzarme, ¡de correr y saltar!. La motivación que siento es indescriptible con palabras, ni me atrevo a clasificarla porque probablemente se quedaría corta.
Noto como si se hubiera descorchado el tapón de la negatividad y "viera" como todo lo que me frenaba desapareciera por un desagüe invisible. Mi mente se ha desecho de pensamientos tales como "no puedo hacerlo" "es imposible" "me viene grande" "me supera" "es demasiado" y un largo etcétera; sustituyendo todo eso por una euforia y una energía que, por ahora, califico como exageradas (espero poder llegar a dominarlas porque realmente son inmensas). Siento ganas de amar y abrazar de nuevo mi vida. Es como si todo lo malo ya no pesara nada y se sustituyera por la curiosidad y la emoción de obtener nuevas experiencias. Me siento inmenso, realmente bien y vivo. ¡Siento muchas ganas de llevar a cabo todas mis metas! No siento esa dejadez, ni ese malestar de tener que empezar de cero, ni siquiera el miedo. No temo al miedo. Es curioso que pueda decir esto, porque era algo impensable. ¿Dejar de temer el miedo? Pues sí. Siento que puedo afrontarlo y, lo más importante, vencerlo.

No tengo más que palabras de agradecimiento para usted y esta maravillosa sanación. No sé cómo explicar mi gratitud y la gran admiración que siento ante este regalo tan especial y espectacular que me ha hecho. Espero que mis experiencias personales le ayuden en su motivación, y que pueda continuar ayudando a la gente, como ha hecho conmigo. Ese sería el mayor de los regalos, el más beneficioso sin duda.
Le iré contando más cambios que vaya experimentando, según vayan surgiendo, porque tengo la sensación de que esto sólo es el principio. Sé que igual suena exagerado, pero tengo la sensación de haber vuelto a nacer.

Le deseo lo mejor en su vida y en su trabajo, y que el universo le ayude en todo cuanto se proponga.

Con mis mejores deseos,

Gabriel A. R.



Apenas tengo más que añadir, imagino que ha quedado bastante bien explicado. Sé de sobra que algunas de las personas que leerán esto pensarán que estoy siendo exagerado. No obstante, si tienen la oportunidad de probar este tipo de sanación, no lo duden ni un instante. Les aseguro que se sorprenderán más de lo que creen y de lo que esperan. Con mis mejores deseos para todos ustedes.

Les dejo el blog personal de Pablo Moreno: http://lareconexionylavida.wordpress.com/


Texto: Gabriel A. R.
9 de dic. de 2013

Sombras y Luz

Sí que existen esos días en los que preferirías que no se repitieran, ¿verdad? Todos pasamos por ellos; a veces, más de lo que nos gustaría. Días en los cuales un simple momento, una simple frase, un simple mal gesto, desmorona tu confianza y se transmite de forma directa y errónea a tus pensamientos y a tu corazón. 
En ocasiones, ni siquiera es algo vivido, sino soñado o imaginado. Situaciones que hacen que te plantees qué tipo de persona eres. ¿Soy mala o buena persona? Incluso, nacen de forma instintiva preguntas como: ¿Usar mis conocimientos sobre como piensa, o es, una persona me convierte en un manipulador? Algunos te dirán que depende. Depende de en qué forma uses esos conocimientos. No es lo mismo usarlos para sacarle una sonrisa a alguien, que para hacerla llorar.
¿Seré un maltratador sin saberlo? ¿Mis instintos asesinos significan que puedo serlo en algún momento? ¿Por qué me produce tanto terror convertirme en alguno de los anteriores? Esta pregunta no sabría concretarla con nada en particular; tiene mucho que ver con la cultura a la que estamos expuestos, o es más una cuestión de principios personales que me llevan a asustarnos ante la culpa, o lo que es peor (por ser más usual), ante el castigo. ¿Temer el castigo es lo que me convierte en un "no-asesino" "no-maltratador" "no-acosador" "no-lo que sea"? ¿El miedo a las repercusiones me frena o es mi nobleza la que bloquea esa oscuridad? ¿Es mi Luz la que me convierte en buena persona y mi Oscuridad en mala? ¿Cuál es el punto que mantiene el equilibrio entre ambas potencias?

Puedo responder a eso: nuestras elecciones.


Antes de llegar a esa conclusión, mis propios demonios invaden mi mente más de lo habitual. Intentan que mi autoconfianza se vea mermada por las dudas sustanciales. La incertidumbre sobre si soy mala persona, mal hombre, mal amigo, mal amante, malo de algún modo puntual o general, me hace sentir diminuto y desprotegido ante la ignorancia. No sé si a ti te ha pasado alguna vez, pero a mí me da muchísimo pavor llegar al punto de desconocimiento de estar sin respuestas para mis preguntas.
Convertirme en algún tipo de maltratador, psicológico o físico —entre otras muchas formas de comportamiento despreciable—, es lo que me quita el sueño en días como estos. Es importante recalcar que no se debe a que tenga impulsos de hacer daño a alguien, de la forma que sea; no es eso. Lo que ocurre es que he llegado a experimentar la agresividad que desprenden algunas personas, ya sea de forma directa o indirecta (y, a veces, incluso pasiva, que pasa más inadvertida pero está ahí igualmente), hacia sus parejas, amistades, familias,... y no sé si son conscientes o no de ello, pero existe esa violencia; es un hecho. Y la temo. La temo como un gato teme el agua fría.
A lo largo de mi vida he intentado evitar tener esos tipos de comportamientos. No quiero ser así, ni quiero hacerle a nadie lo que no me gustaría que me hicieran. Pero, como ya dije, nuestros propios demonios se apoderan de nuestra mente y hacen auténticos estragos. Sólo basta unas palabras ajenas a ellos, malas palabras con referencia a lo malo que eres por algo en concreto, para que se incremente su fuerza y la tuya disminuya; te hacen dudar, te invade el temor como una avalancha imparable. Y te preguntarás, ¿por qué dudas tanto? Si has decidido no ser así, no lo serás. Es verdad; aunque sólo hasta cierto punto.
Hay ocasiones que no son de violencia directa, pero sí que son agresivas en cierto modo. Temo llegar a heredar esa agresividad como si fuese una esponja que lo recoge todo y lo procesa almacenándolo en el subconsciente para usarlo en el futuro. Es como en los casos de oír y presenciar peleas, de estar presente en gestos y miradas, de palabras desagradables, de humillación verbal y/o física, de desequilibrio de poder, de resignada sumisión, de intolerancia, de desigualdad, de destrucción de la otra persona,... situaciones que merman el alma y alimentan a los demonios creando verdaderas batallas internas.
Y con todo esto que sucede a mi alrededor pienso, ¿yo soy también así? ¿Cómo puedo saberlo? ¿No tengo forma de escapar? Y entonces (y aunque te parezca infantil), recuerdo las palabras de Dumbledore —Harry Potter— "no son nuestras habilidades las que demuestran quiénes somos, sino nuestras elecciones." E intento grabar esas palabras en mi mente, retenerlas, repetirlas y usarlas de forma correcta cuando recaigo en la duda.

Creo que lo que realmente me preocupa (y temo) es que estos comportamientos también sean parte de mí algún día. Porque tengo actitudes similares a esas personas, porque tengo momentos en los que también pierdo la calma y noto como la oscuridad y las sombras se enmarañan en mi interior. Y, la verdad, ya bastante me cuesta llevar algunas formas de pensar y de ser propias, como para encima tener que acabar siendo también una persona dañina para otras. Es mi lucha continua, es mi día a día, ir despacio y firme, solventando pequeños resquicios y obligándome a comprender que no todo en mí es malo, ni agresivo. Que no por tener instantes oscuros me convierte en un ser oscuro; que son mis elecciones las que importan y no mis demonios.
Esto lo hablé recientemente con una persona a la que aprecio bastante más de lo que piensa, y me aportó unas palabras de apoyo que espero conservar en mi mente siempre que me sienta débil ante mi oscuridad: "No somos esas personas; nos podemos parecer a ellas, pero nunca seremos iguales. No vas a ser así, ¡estoy completamente segura! Me fijo mucho en esas cosas y no me suelo equivocar con la gente."
Como final para este texto, debo decir que, tanto ella como Dumbledore, tienen razón. No son las aptitudes, sino las decisiones, las que nos convierten en un tipo de persona o en otra. Nuestra forma de ser no siempre se mide por momentos "buenos" ni "malos". Nada es blanco o negro, los matices tienen mucho que decir al respecto. Gracias por llegar hasta aquí y compartir una vez más estos ratitos conmigo y mis paranoias.

Con afecto,

Gabriel A. R.