Volar del nido, sobrevolar las nubes y disfrutar de los aromas del cambio

Aún recuerdo aquel año en el que empecé a hacer entradas en este blog. Desde entonces ha llovido mucho y he vivido suficiente como para darme cuenta de que el mundo no es perfecto. Pero, ¿cuál ha sido mi mayor cambio?

Hace más de tres años decidí abrir las alas y volar del nido en busca de cambios. Un mal momento para el país porque se estaba yendo abajo de forma estrepitosa. Buscaba cambios que mejoraran mi vida, que me hicieran crecer, con los que lograr superarme y sentirme mejor. Con suerte, obtuve apoyo en la mayor parte de mis conocidos, aunque de otros no tanto, y me habría gustado que fuera de otra manera, pero la vida es así y todo el mundo es libre de opinar sobre las vidas ajenas como le de la gana, ¿verdad?

Durante ese proceso, busqué empleo. Trabajo había, pero no sueldo para pagarlo. Los primeros meses fueron duros, no mentiré. Me vi en una especie de encrucijada entre aceptar lo poco que había o quedarme en el nido. Tampoco es que el apoyo fuera un pilar importante. Estaban los que deseaban que fracasara, los que estaban seguros de que fracasaría, aunque no me rindiera, también los que apostaban que todo me iría bien y marcharía con la cabeza alta, pero siempre con una fecha de vuelta al nido, no fuera a ser. Y, por último, pero no por ello menos importante, el grupo que se alegraba que ignorara por completo a los otros y simplemente hiciera mi vida porque, al fin y al cabo, era mía y sólo yo podía vivirla.

Me costó horrores conseguir un empleo, del cual no contaré detalles, pues los horarios eran de susto y la remuneración un chiste. Contratos basura los llaman. Yo los llamo contratos esclavos. Trabajé para dos empresas de hostelería. En la primera, trabajé 28 días naturales, 12 horas diarias, 1 día de descanso en ese tiempo y la empresa no quiso pagarme sino 150€ porque alegó que era un mes de prueba y que nunca me hablaron ni de contrato, ni de pagarme nada a cambio de mis servicios. Me amenazaron para que no les denunciara e, incluso, me llamaban por teléfono para amedrentarme. Si te has quedado a cuadros, imagina cómo me quedé yo al experimentar tal situación.
Esa época fue complicada, no hace falta jurarlo. Busqué apoyo de la gente, pero lo único que conseguí fue el "consejo" de mi padre, que me dijo: "si te hubieras portado bien, te habrías quedado trabajando allí y ahora tendrías un sueldo". ¡¿QUÉ?! Eso dijo mi cerebro, mi boca no habló. Lógicamente, no volví a hablar con él sobre trabajo.
Después de eso, una chica, me consiguió una entrevista en otra empresa para la que ella trabajaba a tiempo parcial. Me dijo que el empleo no era muy bueno, pero que me ayudaría en mi propósito de volar del nido. La dueña, una mujer joven, me explicó las condiciones. Me dijo que, al ser una empresa pequeña, sólo podría contratarme por dos horas a la semana y que cobraría según dijera el contrato. Menos daba una piedra, por lo que acepté. Pero mi sorpresa llegó cuando empecé para ella. El trabajo resultó ser de entre seis y ocho horas al día. Sí, yo también aluciné. Estuve allí ocho horas diarias, durante casi seis meses, cobrando 400€ al mes en algunos casos, de los cuales me descontaba las diferencias de caja los días en los que no le cuadraba. La cosa es que éramos cuatro personas y a cada una le descontaba la misma cantidad, es decir, si faltaban 20€, entre todos le pagábamos 80€. Saca cálculos si la chica decía dos o tres veces a la semana que no le cuadraban las cuentas. Se forraba con nosotros, no necesitaba muchos más clientes para sacar adelante el negocio y, lo que es peor, jamás nos mostraba los documentos que acreditaban dicho descuento de sueldo, ni siquiera en el contrato. Eso sí, al ser un contrato por obra y servicio, como te quejaras no sólo te echaba, sino que si te descuidabas, no te pagaba porque eras un mangante.

Ahora dirás, ¿por qué aceptaste esos trabajos tan pésimos? No puedo más que responder, que no había otra cosa y que, a veces, la situación es tan delicada que uno acepta lo que haya. Si buscaba trabajos de "calidad" y "legales", sólo buscaban a personas muy formada o a jóvenes que estuvieran buenas. Claro, eso deja a la mayor parte de la población española en el paro. Lo siento, es cierto.

Cuando por fin reuní (más o menos) el dinero que necesitaba para emprender mi nueva vida, tomé decisiones que lo cambiarían todo. Hubo muchos intentos de motín, hubo apuestas muy desagradables, momentos de tensión, de dolor, de rabia y rencores difíciles de olvidar. Pero también hubo mucha ilusión, alegría y esperanza en que, lo que quiera que me esperase fuera, iba a ser mejor.
Me esforcé, de verdad que sí. Intenté ser competente en las entrevistas de trabajo, que fueron muy escasas. Intenté mantenerme cuerdo y fuerte cuando empezaron a pasar los meses y no encontraba empleo. Mis ilusiones caían como las hojas de los árboles en invierno cuando el dinero me fue abandonando. Me vi en la situación de plantearme en que igual tendría que volver al nido porque había fracasado. Sentí el eco de las burlas pasadas, las conversaciones por haberme equivocado, el pánico de perder todo aquello por lo que me había arriesgado y luchado tanto, sentí que todo se iba por el desagüe y sí, todo estaba en mi mente.
Nos han enseñado que si uno no consigue todo aquello que se propone, se convierte en fracasado. Todas las frases filosóficas que la gente se traga a diario, creyendo así que son más listos, más sabios que el resto, y con las que se pavonean por las redes sociales como si fueran suyas.
Parece una broma, pero la esclavitud que crea el miedo al rechazo social si no salen las cosas bien, viene también a raíz de estas falsas creencias. Nos han enseñado a ocultar lo "malo" que nos ocurre porque aleja a los demás, porque les hace burlarse o porque es una manera de protegerse del qué dirán. Toda esa puta mierda que nos han enseñado de que uno sólo logra sus metas al cruzar una línea invisible que separa el fracaso de la victoria, es lo que nos hace caer y no tener fuerzas para levantarnos. Es todo una invención. Una terrible equivocación cultural.
Uno no se va por el desagüe por tener un bache en el camino o porque no le salga todo como quiere. Uno no desaparece, ni es objeto de burla, salvo de gente que no conoce otra forma de levantarse a sí mismos que pisoteando al resto. La burla la crean aquellos que no lo han intentado o, por desgracia para ellos, lo han intentado y no les ha salido bien. Por tanto, tú tampoco puedes y se encargarán de recordártelo todo el tiempo.
Uno aprende de los errores, aprende de las caídas y vuelve a remontar cuando se siente preparado. Es como todo proceso. Sólo que no luchas contra los demás, sino contra ti misma/o. Si permites que lo que te dicen te afecte, no significa que eres débil, no significa que te dejes vencer. Sólo es cuestión de desear repetir experiencias. Si deseas volver a subirte a lomos del mundo, sólo tienes que desechar el pensamiento negativo y centrarte en lo que quieres. Suena bonito y tópico, no lo es en absoluto. Sangras, sangras mucho y además de forma continua, pero toda herida cicatriza antes o después, y es lo que haces luego lo que te define como ganador o perdedor, no ellos. Ellos no.

Yo encontré trabajo en hostelería, que fue donde único logré entrevistas. El sueldo no era (ni es) para tirar cohetes. Eso debo agradecérselo a nuestro Gobierno de derechas. Con mi mísero sueldo de media jornada como cocinero, no logré tener un piso, ni tan siquiera pagar los gastos que eso conllevaba. Sin embargo, unos amigos de toda la vida me ofrecieron alquilarme una habitación en su casa hasta que pudiera conseguir algo mejor. Tengo que decir que me alivió muchísimo el saber que tendría un techo bajo el que estar, por lo menos hasta que mis condiciones mejoraran, pero no fue así.
Ha pasado año y medio, he pasado por varias empresas y siempre el sueldo se ha mantenido por debajo de los 600€, trabajando jornadas largas y horarios nocturnos en su mayoría. Veo a diario la cantidad de gente mendigando que aumenta y me echo a temblar. Veo la quietud de los viandantes, la normalidad de los ricos al darles una moneda de 10 céntimos y quedarse con cara de haber hecho una gran obra social, mientras los días y los meses pasan a toda velocidad y apenas queda tiempo para nada más.

Ayer por fin, fue tiempo de elecciones. Un gran día en el que se decidiría si la situación continuaría igual de precaria o mejoraría bajo el mando de un nuevo sistema de gobierno. La euforia corría por las calles de esta ciudad, ondeaban banderas en las plazas en los mitines y la ilusión era casi palpable. No negaré que me dejé arrastrar por la necesidad de un cambio. De un momento en el que, de forma irreal, se podía respirar de verdad y no ahogados bajo los puños de los políticos. Fue embriagador.
Siento una gran y profunda pena por el pueblo español. El miedo, las mentiras y las falsas acusaciones crearon en él la duda, la desesperación y la parálisis social. Nunca imaginé la cantidad de personas que no moverían un dedo para crear un cambio que, en parte, prometía garantizar los derechos de todos. Unos derechos fundamentales que, a corto y largo plazo, nos ayudarían.
No obstante, me he quedado con el sabor de boca que me dejaron Unid♡s Podemos. La ilusión de cambio, de sentir que el pueblo estaba apoyado y representado para el beneficio del mismo y no para ahogarnos con más recortes y más fraudes. Me quedé con la gente aclamando, los puños arriba con fuerza y gritando que era posible lograrlo si nos uníamos. La agitación, la confianza, la cordura y la lucha conjunta cuando hay un motivo común que defender, es el arma más poderosa.
Sólo por todo eso mereció la pena. Sólo por todo eso, les doy las gracias de corazón. Espero que su lucha, a la que me he unido y he hecho también mía, dé algún día sus frutos. De la misma manera que lo está haciendo mi vida en estos momentos. Pues puede que siga sin un hogar propio, pero otras de mis metas se han alcanzado y me ayudarán a seguir avanzando. Si yo pude, todos podemos. Si todos podemos, saldremos algún día a la calle para celebrar el cambio.
Lo que pasó ayer no fue una derrota, sino un aviso. Un aviso de que pronto, aquellos que no se atrevieron, se atreverán. Pese al disgusto que llevo, sé que al final saldremos como país. Estoy convencido de que ellos no nos olvidarán. ¡Adelante! Puede que la batalla haya terminado, pero la guerra no ha hecho nada más que comenzar. Unidas y unidos, podemos.

Gabriel A. Rancel