A mi abuelo.

Este pasado 17 de abril, a poco más de un mes de la muerte de mi abuela, recibí otra terrible noticia estando lejos de las islas. Mi abuelo también había fallecido.
A estas alturas de año, que ni siquiera ha llegado al ecuador, he aprendido lo que es perder a alguien a quien quieres con locura y que no volverás a ver. Todo lo que queda son recuerdos, los mejores, los buenos y los que no lo fueron tanto.
Oigo decir a la gente que me rodea que todo saldrá bien, que el dolor desaparece poco a poco, pero no es cierto. Lo que ocurre es que aprendemos a vivir con ello.
A veces me pregunto qué hubiera cambiado de haber estado cerca de mis abuelos, sin embargo, creo que les conocí a ambos lo suficiente, disfruté de ellos mientras pude y hoy, pese a ser un día marcado por el desánimo, me atrevo a afirmar que no habría cambiado nada. Eran muy mayores, habían tenido una buena vida y les quería mucha gente. Nos regalaron recuerdos, nos regalaron risas, lágrimas y sabiduría. No podría haberles salido mejor.

Hoy me despido de mi abuelo, a quien adoraba por encima de todo. Él tardó cero segundos en apoyar cualquier proyecto que emprendiera, me animó, me cuidó, me enseñó y se quedó a mi lado en los días más oscuros. Él, quien me abrazó cuando nadie lo hacía, fue mi maestro y mi copiloto. Tengo dentro tanto agradecimiento que no sabría cómo expresarlo. También siento muchísima pena por no haberme podido despedir de él como se merecía. Es algo que tardaré un tiempo en aprender a sobrellevar.
Quizá lo que más tristeza me produce es que no estará aquí para ver cómo logro cumplir mis sueños, por los que tanto lucho día a día y en los que él me apoyaba con alguna frase brillante y con sonrisas.
Se ha ido un pilar importante. Ahora mantengo la zona apuntalada con recuerdos hasta aprender a soportar el peso o, en su defecto, que el tiempo haga que se endurezcan los cimientos.

"Vendrán tiempos mejores −sonrió apoyado contra la ventana del camión−.
Eso, o cavamos un túnel y salimos por otro lado. Tú decides."